El mito de la fuerza de voluntad

“Hay que tener fuerza de voluntad”

En los últimos años he escuchado en multitud de ocasiones: “Eso de los métodos para dejar de fumar son tonterías. Lo que hace falta es tener fuerza de voluntad”.

También: “Yo lo dejé con fuerza de voluntad. Un día dije ¡se acabó!, y ya no he vuelto a fumar”. E incluso: “Lo he intentado, pero no tengo fuerza de voluntad”.

Asimismo, los expertos recomiendan fortalecer la fuerza de voluntad: Proponte seriamente dejar de fumar, fija una fecha, haz un listado de los motivos para dejar de fumar, registra el número de cigarrillos que fumas, reduce gradualmente su número, elógiate o prémiate por tus avances, habla de tus logros con familiares y amigos…

Por fin parece haber acuerdo unánime en algo: ¡Dejar de fumar es una cuestión de fuerza de voluntad!

Plantear la fuerza de voluntad como único o principal factor para dejar de fumar es, a mi juicio, no entender lo que sucede, o no actuar en consecuencia.

El deseo de fumar

La persona fumadora fuma porque ha desarrollado adicción a la nicotina y, sobre todo, porque ha desarrollado asociaciones entre determinadas circunstancias (situaciones externas, conductas, estados emocionales…) y fumar.

Tanto la adicción como las asociaciones tienen una base biológica, implican cambios y aprendizajes alojados en nuestro cerebro, en concreto, en zonas de nuestro cerebro a las que no tenemos acceso conscientemente, y que no podemos modificar a voluntad. Podemos decir que son programaciones cerebrales que están en nuestro cerebro automático, o mente no consciente.

Es de ahí, de esas zonas inaccesibles, y como consecuencia de las programaciones existentes en ellas, de donde surge el deseo: Bajan los niveles de nicotina o, sobre todo, te encuentras en una circunstancia que tienes asociada a fumar, tu cerebro lo detecta, y genera una señal, que llega hasta otra parte de tu cerebro, esa donde reside tu consciencia, y entonces te das cuenta de que deseas fumar, y pienses o dices “¡Tengo ganas de fumar!”.

Quizá, por motivos de salud u otros, tu ya no quieres fumar, y sin embargo lo deseas, porque el deseo no surge de la parte consciente de tu cerebro, esa que controlas, sino de esa otra parte no consciente, automática, y sobre la que no tienes control.

Resistiendo el deseo con fuerza de voluntad

Así las cosas, sin quererlo, en un momento dado, incluso “sin venir a cuento”, sientes que deseas fumar. Pero tu  no quieres fumar. Entonces es posible que con fuerza de voluntad consigas no fumar esta vez, venciendo al deseo. Con tu fuerza de voluntad te has mantenido firme, y no te has dejado arrastrar por esta ola de deseo y, con suerte, la ola ha desaparecido. Tal vez te sientas orgullosa-o de ti, y quizá comiences a pensar que esta vez sí lo vas a conseguir…

Pero esa alegría y convicción dura poco. Transcurrido un tiempo, quizá breve, vuelves a sentir ganas de fumar. Y otra vez a luchar para vencer ese deseo con tu fuerza de voluntad.

Y aunque vayas venciendo nuevas oleadas, el problema es que el deseo no parece agotarse nunca. Tal vez te da un respiro, pero siempre vuelve.

Ante esta inagotable persistencia del deseo, algunas personas tiran la toalla y abandonan la lucha. Tal vez dicen: “No tengo fuerza de voluntad”. O quizá: “Prefiero fumar a pasarlo mal”. O incluso: “La vida son cuatro días, y no me los voy a amargar”. Digan lo que digan, en el fondo, sienten que han perdido la batalla, que la fuerza del deseo es superior a la fuerza de su voluntad.

Otras personas persisten, continúan la lucha durante meses o incluso años. Se mantienen sin fumar venciendo cada oleada de deseo con su fuerza de voluntad. “¡Admirable!”, dicen algunos. Y el esfuerzo comienza a dar su fruto: Con el tiempo, en muchos casos, las oleadas de deseo son cada vez menos frecuentes, y hasta menos intensas. No obstante, es frecuente oírles decir: “Nunca volveré a fumar, pero todavía lo echo de menos de vez en cuando”.

También sucede que, muchas de las personas que persisten en la batalla con fuerza de voluntad, un mal día, quizá hartos de luchar, quizá porque se autoengañan en algún acontecimiento especial, vuelven a fumar, y a partir de ahí continúan haciéndolo. Y, entonces, también sienten que han perdido la batalla, que la fuerza del deseo al final ha sido más fuerte que su fuerza de voluntad.

La lucha interior

Sea como sea, la lucha entre el deseo y la voluntad se libra en nuestro interior. Es una lucha de la persona contra sí misma, por lo que es agotadora y, en cierto modo, siempre se sale perdiendo: Si dejo de fumar pero sigo deseándolo, lo echo en falta y lo paso mal. Si quiero dejar de fumar pero sigo fumando, me siento mal por no cumplir mi propósito.

Quiero recordar aquí la tercera ley de Newton, o principio de acción y reacción, que puede resumirse en que “a toda acción corresponde una reacción igual y en sentido contrario”.

Aunque esta ley fue enunciada en otro contexto, parece que también se cumple aquí: Cuanto más fuerza de voluntad pongo, más deseo parece surgir, y por tanto más necesidad de lucha. A más acción o fuerza de voluntad, más reacción o fuerza del deseo. Es como si la voluntad por no fumar fuera la que generara el deseo de fumar. ¡Una locura!

¿Qué camino tomar?

¿Qué hacer entonces? ¿Luchar o no luchar? ¿Fortalecer la fuerza de voluntad y librar la batalla, o darse por vencido y abandonar la lucha?

Planteado así, perece que haya que decidir entre una cosa u otra, sin más alternativas. Pero, en realidad, es un dilema falso. Hay una tercera vía. Y quizá muchas más.

Cuando una persona fumadora quiere dejar de fumar, a pesar de que eso es lo que se propone con la parte consciente de su cerebro o mente, en donde reside su fuerza de voluntad, lo que suele suceder es que siente ganas de fumar, que surgen de la programación cerebral de su cerebro automático o no consciente, de donde emana la fuerza del deseo.

En resumen, con su cerebro o mente consciente lo que quiere es dejar de fumar, pero con su cerebro o mente no consciente lo que desea es fumar. Esto es lo que sucede. Y a esto es a lo que hemos de encontrar remedio.

Una parte del remedio es, en efecto, afianzar su propósito, y fortalecer su fuerza de voluntad para hacer lo necesario y persistir hasta alcanzarlo. Y hay diversas estrategias y técnicas para ello.

Otra parte del remedio, necesaria e imprescindible, es la desprogramación cerebral, la ruptura de las asociaciones aprendidas, para que el cerebro no siga asociando determinadas circunstancias a fumar y, por tanto, deje de enviar señales de deseo cuando nos encontramos en alguna de ellas.

En relación con esto último, sabemos que no podemos manipular directamente nuestras neuronas y cambiar a voluntad nuestras asociaciones. Pero sí podemos ayudar a nuestro cerebro automático o no consciente a hacerlo. Él fue quien creó las asociaciones, y es él quien tiene que cambiarlas. Pero con ayuda de nuestro cerebro consciente. Y disponemos de estrategias y técnicas para ello.

Lo anterior es fácil de comprender si pensamos en una herida. Con nuestro cerebro pensante, con nuestra voluntad, no podemos hacer que la herida cierre, es nuestro cerebro automático el que ha de hacerlo. Pero sí podemos ayudarle en su trabajo: tomando un antibiótico para la infección, lavando la herida, administrándole un antiséptico, protegiéndola de agentes infecciosos, tomando nutrientes que contengan vitamina K y vitamina C… Con todo ello, que hacemos desde nuestra mente consciente, no cerramos la herida, pero sí ayudamos a nuestro cerebro no consciente a sanarla y cerrarla. Y ésta es una ayuda o colaboración muy importante.

El remedio tiene aún más partes. Por ejemplo, para la mayoría de personas fumadoras, fumar puede estar desempeñando una o varias funciones: ansiolítica, estimulante, relajante, evasiva, compensatoria, laxante, etc. Y, en consecuencia, habrá que poner remedio a ello, algo sobre lo que volveré más adelante.

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En suma, el propósito y la fuerza de voluntad (querer y persistir) sí son necesarias, e incluso imprescindibles. Pero no son suficientes. Es de suma importancia también dejar de estar programado para fumar (dejar de desear).

Cuando ambas fuerzas, voluntad y deseo, en lugar de luchar entre sí colaboran, el éxito en el logro de nuestro propósito es (casi) seguro.

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