No es mi momento

Hace años que dejé de interesarme por los diferentes tipos de excusas o autoengaños de las personas fumadoras, pues todos tienen una misma función: Permitirles seguir fumando sin sentirse mal.

Pero hay un tipo de autoengaño que he escuchado cientos de veces en los últimos años, y sobre el quiero reflexionar: “No es mi momento”.

Sigue leyendo No es mi momento

El Auto-engaño, un truco genial… ¡para seguir fumando!

¿Quieres dejar de fumar pero lo pospones una y otra vez?

¿Dejas de fumar pero vuelves a fumar de nuevo?

Si es así, quizá te estás auto-engañando.

No todas las personas fumadoras son iguales. Es evidente. Por eso más que hablar de fumadoras, como categoría, convendría hablar de personas que fuman: Son distintas, solo que tienen algo en común.

Aun así, no todas fuman de la misma manera. Y no me refiero al tipo de tabaco, número de cigarrillos, profundidad de la calada, circunstancias en que fuman, etc. Me refiero a cómo se sienten cuando fuman.

¿Qué tipo de fumador-a eres tu?

Las hay que fuman y, según dicen, disfrutan fumando y quieren seguir  haciéndolo. Son personas coherentes: quieren fumar, fuman, y lo disfrutan. Nada que objetar. O quizá sí, pero hoy no hilaremos tan fino y los dejaremos tranquilos y disfrutando de su cigarrillo. De estas personas yo digo que fuman con alegría.

Y las hay que no quieren fumar, pero fuman, y se sienten mal por ello. No son coherentes: Quieren hacer una cosa, pero hacen otra. Y entonces el gusanillo de la conciencia viene a estropearles ese anhelado momento. Un verdadero fastidio: ¡Se sentían mal porque querían fumar y se estaban resistiendo; Y ahora, al fumar, se sienten mal por haberlo hecho! Son personas fumadoras en conflicto.

“Si no fumo, me siento mal. Si fumo, me siento mal”. Parece que el destino del fumador que quiere dejar de fumar no es otro que sentirse mal, haga lo que haga, tanto si fuma como si no fuma.

Buscando una salida 

Bueno, quizá sí la haya: ¡Y SI… sólo me fumo éste, y ya mañana que tendré un día más tranquilo lo dejo definitivamente! Sí, sí, es lo mejor. Ahora tengo demasiado trabajo, y necesito estar relajado… Eso es, mañana lo dejo”.

¡Tachan! ¡Maravilloso! Ha encontrado el Remedio-Mágico que todo lo hace posible: Mantener el propósito de fumar (¡Claro que sí, lo dejo mañana!), y fumar.

Con el Remedio-Mágico el gusanillo de la conciencia está tranquilo: “Ha dicho que sí, que mañana lo deja, que sólo va a fumar uno. Y parece que lo dice con sinceridad. Entonces no le molestaré, y me echaré una siestecita mientras fuma”.

Y si mañana fuera necesario, pues se cambia la fecha de dejarlo para, por ejemplo, Año Nuevo. “Bueno, mejor para después de Reyes, que total sólo son 6 días más. Pero eso sí, a partir del día 7 de enero no vuelvo a probar ni una calada más en mi vida. Prometido… Bueno, voy a comprar un paquete, que no me queda”.

El Remedio-Mágico es el Auto-engaño: Ese birlibirloque de la mente, que le permite lograr dos cosas aparentemente incompatibles entre sí.

O dicho de forma más técnica, es el mecanismo que nos permite soportar la disonancia cognitiva, la contradicción entre nuestras ideas, valores o propósitos, y nuestras acciones. En definitiva, lo que nos permite no ver nuestra propia incoherencia. Y ya se sabe que ojos que no ven, corazón que no siente.

En relación con el tabaco, los auto-engaños pueden ser muy variados. Pero todos tienen la misma función: Permitirme fumar este cigarrillo sin sentirme mal.

Para ello es esencial mantener el propósito (“Voy a dejar de fumar”), pero cambiar la fecha (“Lo dejaré el día de mi cumpleaños”). O bien, no fijar fecha sino establecer que se llevará a cabo cuando se den ciertos requisitos, circunstancias o estado personal (“Cuando termine el proyecto”. “Cuando no tenga tantos problemas”. “Cuando no esté tan estresado”. “Cuando me encuentre mejor”…). O incluso confiar su complimiento a cuando tenga que ser (“Ahora no es el momento. Cuando llegue el momento, lo dejaré”).

Ante argumentos tan coherentes nadie tiene nada que objetar, obviamente. Ni tan siquiera el propio gusanillo de la conciencia.

El precio del Auto-engaño

Pero los Remedios-Mágicos, los Auto-engaños, no son gratuitos. Tenemos que pagar un precio por ellos. En este caso, el precio a pagar es no alcanzar nunca nuestro buen propósito.

Si fuera un propósito banal no tendría mayor importancia. Pero lograr el propósito de dejar de fumar es algo fundamental en la vida de toda persona fumadora: Es lo que te permite evitar enfermedades y limitaciones que con certeza tendrás si sigues fumando. Lo que te permite liberarte para siempre de una absurda esclavitud. Lo que te permite dejar de quemar tu dinero de una forma tan absurda. Y sobre todo, lo que te permite tener más energía, más calidad de vida, y más salud.

Sana sinceridad

El auto-engaño es la oscuridad de la mente. Necesitamos la luz de la verdad para dejar de auto-engañarnos, y recuperar la coherencia.

Para ello debemos ser sinceros con nosotros mismos, dejando atrás los atajos de los falsos Remedios-Mágicos. Reconocer nuestros auto-engaños. Afrontarlos. Y superarlos.

En el Método Reset® se enseñan y practican estrategias sencillas y efectivas para dejar de auto-engañarse, y poder así lograr más fácilmente el buen propósito de dejar de fumar para siempre, y con alegría.

El poder de las expectativas

Expectativas negativas

Cuando una persona fumadora decide en serio dejar de fumar (o al menos intentarlo seriamente), aunque eso sea lo que quiere, con frecuencia no es eso lo que suele creer que sucederá y, en todo caso, lo que suele temer es pasarlo mal y dejar de disfrutar.

Si eres fumador-a y ya quieres dejarlo, dedica un minuto a responder a estas cuestiones: ¿Crees que lo lograrás, o crees que fracasarás? ¿Esperas que te resultará fácil o, por el contrario, que te será muy difícil? ¿Crees que será algo llevadero, o piensas que lo pasarás muy mal? ¿Sientes que será algo positivo y favorable, o tienes la sensación de que, en realidad, saldrás perdiendo pues dejarás de disfrutar?

Algunas personas, cuando piensan en su vida sin fumar, no se imaginan que será una liberación y una buena vida. Muy al contrario, la imagen que viene a su mente es algo así como la de meterse en la prisión de vivir sin fumar, donde ya solo cabe esperar una vida oscura y sin disfrute.

Sé que tengo que dejarlo, y es lo que quiero pero, cuando lo pienso, siento que yo mismo me estoy metiendo en el matadero”, dijo alguien una vez en una de las charlas que llevo a cabo.

No importan los argumentos racionales que muestren que no será así: Eso es lo que sienten, lo que temen y, en definitiva, lo que esperan. Y como lo esperan, es más probable que les suceda así.

Seguro que has oído la frase “Si lo crees lo creas”. Es la versión moderna de “la profecía autocumplida”. O dicho en un lenguaje más científico, del poder de las expectativas y de la autosugestión: Aquello que creo que me sucederá es más probable que me suceda.

No pienses que esto es sólo “una chaladura de esa gente rara que cree en la magia y en las terapias alternativas” (en palabras de un conocido de mente muy científica).  El denominado efecto placebo existe y, simplificando, consiste en que  para un considerable porcentaje de personas que toma una sustancia creyendo que tendrá un determinado efecto, se produce ese efecto, aunque en realidad esa sustancia no contenga ningún principio activo capaz de producirlo.

Y no sólo existe, sino que las investigaciones farmacológicas tienen que diseñar sus experimentos teniendo en cuenta este posible efecto, lo que les obliga a introducir grupos de control, con el consiguiente aumento del coste económico de las investigaciones.

Más aún, hay investigaciones que muestran que las expectativas que las-os profesores-as tienen en relación con sus alumnas-os influyen en los resultados académicos de éstas-os. Así es que mis expectativas (lo que creo que sucederá) no sólo influyen en mí, también influyen en otros. ¡Sorprendente!

El efecto de las expectativas no es algo que se produzca al ciento por ciento. Es un aumento en la probabilidad de ocurrencia de aquello que creo que sucederá. Pero, aun así, ¿no te gustaría tener a tu favor a tus expectativas, en lugar de tenerlas en contra?

Espero que ahora puedas comprender el sentido de las cuestiones que te planteé al principio. Si crees que no lo conseguirás, es más probable que no lo consigas. Si crees que lo pasarás mal, es más probable que así sea. Si crees que dejarás de disfrutar, quizá eso sea lo que te ocurra.

Expectativas positivas

La buena noticia es que si crees que te resultará fácil, que será llevadero, que te encontrarás mejor, y que seguirás disfrutando, entonces es más probable que eso sea lo que te suceda a ti.

Por ello, si quieres dejar de fumar y tus expectativas son negativas y juegan en tu contra, cámbialas por expectativas positivas que actúen a tu favor.

En el Método Reset® trabajamos el cambio de expectativas, favoreciendo así que dejar de fumar sea más fácil, para siempre, y con alegría.

Cómo no ganar peso al dejar de fumar.

¿Es posible dejar de fumar y no ganar peso?

Ya te anticipo que sí es posible.

Quizá en alguna ocasión dejaste de fumar y ganaste peso, o conoces a alguien a quién así le sucedió,  y ahora temes ganar peso si dejas de fumar. ¿Por qué esta vez iba a ser distinto?, te preguntarás.

Si haces lo mismo que en otras ocasiones, es previsible el mismo resultado. La cuestión entonces es ¿qué es lo que tengo que hacer para no ganar peso cuando deje de fumar?

De forma simplificada, se gana peso porque se ingresan más calorías de las que se gastan, y ese exceso de calorías es transformado en grasa, que se acumula y hace aumentar el peso, y el volumen.

Aunque no sea exacto, pues no todo se reduce a calorías, si habitualmente ingresas 2.000 kilocalorías al día y gastas 1.500 kilocalorías, tienes un exceso diario de 500 kilocalorías, que probablemente tu cuerpo transformará, en parte, en grasa, y cuyo resultado será ese temido aumento de peso.

En consecuencia, la estrategia general, para no ganar peso al dejar de fumar, implica lograr y mantener un equilibrio entre las calorías que ingresas y las que gastas.

Debes tener en cuenta que aunque sigas comiendo lo mismo, aunque ingreses las mismas calorías, al dejar de fumar ese equilibrio puede romperse, por varios motivos.

Por una parte, al dejar de fumar gastas menos calorías, al disminuir tu metabolismo basal. Por otra, obtienes más calorías por la misma cantidad de alimentos, al mejorar tu asimilación de nutrientes. Y, por supuesto, podría ocurrir que al dejar de fumar comieras más que antes, incluso sin ser consciente de ello.

Si las cosas suceden así, el equilibrio entre ingreso y gasto de calorías se habrá roto, y la consecuencia probable sería el aumento de peso. Pero, ahora que lo sabes, las cosas no tienen por qué ser así.

¿Qué hacer entonces para no ganar peso?

Simplemente, prevenir.

Si sabes que al dejar de fumar se suele romper ese equilibrio, disponiéndose entonces de más calorías, tendrás que hacer algo que restablezca ese equilibrio: Ingresar menos calorías,  gastar más calorías, o mejor ambas cosas a la vez. Y es algo que conviene hacer desde el principio, no cuando ya has ganado peso e incluso tus nuevos hábitos se hayan estabilizado.

Te daré cuatro claves que te ayudarán a lograrlo.

4 Claves para no ganar peso al dejar de fumar

  • Clave 1: No aumentes tu ingreso de calorías, y aumenta tu gasto calórico.
  • Clave 2: No comas menos, come mejor y más saludable.
  • Clave 3: Come para nutrirte, no para aliviar el malestar.
  • Clave 4: Cuando comas, disfruta comiendo.

Estas claves pueden traducirse en diversas ideas concretas contra la ganancia de peso. Te indicaré 10 de ellas.

10 Ideas para no ganar peso al dejar de fumar

  1. No comas menos, come mejor. Es maravilloso: Vas a recuperar tu sensibilidad olfativa y gustativa, y hay cientos de alimentos muy sabrosos, muy bajos en calorías, y muy saludables, que están esperando a que los disfrutes. Aprovecha esta magnífica oportunidad para disfrutar más de la comida, comiendo más saludable. Respétate, quiérete y cuídate: No te “des” a ti misma-o cualquier cosa, y mucho menos esa grasienta e hipercalórica comida “basura”.

Si necesitas asesoramiento, consulta a un-a buen-a nutricionista. ¡E incluso a un-a buen-a cocinero-a! En la actualidad existen muchos cursos de cocina saludable, e internet nos ofrece posibilidades antes inimaginables. Por ejemplo, acabo de entrar en google, he puesto “comida sabrosa y saludable”, y me encuentro con esto: “Aproximadamente 4.740.000 resultados”. Muchos estarán repetidos, otros no serán tan saludables, y bastantes quizá no te gustarán, o no estarán disponibles para ti, pero estoy seguro de que, restados todos ellos, el número de ideas aún será milenario. Sé crítica-o. Sé creativa-o. Innova-a.

  1. Si picoteas, que sea saludable. Si te gusta tapear o picotear, no elimines por completo este hábito de tu vida, pues te llevaría a sentirte insatisfecho por la pérdida de algo que para ti es un disfrute. Haz que sea saludable: Decide cuáles serán tus momentos de picoteo, y qué tomarás. Sé creativo: Elige o elabora cosas bien sabrosas, pero saludables y bajas en calorías. Y cuando llegue ese momento, tómatelo con calma y disfrútalo.

Me gusta plantearlo así: Si picoteas o tapeas que sean cosas sabrosas y saludables, y hazlo con premeditación y alegría.

  1. Ten disponibles alimentos nutritivos, sabrosos y saludables. Quizá al dejar de fumar sientas más hambre entre comidas. No pasa nada, ya se estabilizará. Quizá sientas “hambres específicas” (deseo de ciertos alimentos, normalmente altos en calorías). Tampoco te preocupes, pronto pasará. Pero si en tu despensa o en tu nevera sigues teniendo los mismos alimentos que antes, esos serán los que comerás cuando sea la hora de comer o sientas hambre. Es mejor que te aprovisiones de alimentos nutritivos, sabrosos y saludables. Y mejor aún, si tienes tiempo cocínalos o elabóralos tú, pues estoy seguro de que no les añadirás estabilizantes, aromatizantes, edulcorantes, antioxidantes, ni cosas por el estilo.

Y ya sabes que es mejor hacer la lista de la compra con el estómago lleno, y no ir a comprar sin saber qué, ni cuando te encuentras hambrienta-o.

  1. Toma conciencia de tus hábitos de alimentación, y reduce gradualmente aquellos que son poco saludables. Es probable que tengas la costumbre de consumir algunos alimentos poco saludables o claramente perjudiciales. O tal vez los preparas de forma poco recomendable. O quizá comes a cualquier hora. O puede que pases el día picoteando. O tal vez calmes tu ansiedad comiendo… Como son tus hábitos, como llevas años actuando así, quizá ya ni te das cuenta de ellos, siendo improbable entonces que puedas cambiarlos. Por unos días, conviértete en observador-a de ti misma-o, anotando incluso aquellos hábitos que observas y consideras poco saludables. Luego elige cuáles de ellos quieres cambiar, y ponte manos a la obra. Si has observado muchos hábitos inadecuados, no intentes un cambio radical. Es preferible intentar pocos cambios y consolidarlos, y luego ir añadiendo otros, sin prisa y sin agobios.

Y, sobre todo,  procura que el nuevo hábito de alimentación te resulte agradable. Puedes planteártelo así: Dejaré de comer como un-a autómata. Tomaré conciencia. Decidiré. Comeré. Y disfrutaré.

  1. Hidrátate bien. Algunas personas confunden las sensaciones de sed y de hambre, y comen (e incluso fuman) cuando lo que necesitan es hidratarse: Bebe agua con frecuencia. Vivimos en una zona donde la fruta es abundante y variada: prepárate sabrosos zumos. También es buena idea acostumbrarse a tomar infusiones saludables y agradables, hay una gran variedad.

Incluso puedes convertir el tomar una rica infusión en un relajante y agradable ritual, en tu momento: Concédete unos minutos, prepárala, siéntate, y bébela con calma, poniendo plena atención en su olor, su sabor, su color, su temperatura… Y mientras respiras aire puro, disfruta de ese agradable momento.

  1. No caigas en el comer emocional, aprende a manejar tu malestar. Experimentar algún malestar cuando se deja de fumar puede ser normal. Pero si lo amplificas y agravas, puedes convertirlo en un estado de elevada ansiedad. Es entonces cuando algunas personas calman su malestar comiendo. No comas cuando te sientas mal, ni para compensar placeres perdidos, y tampoco para satisfacer necesidades insatisfechas. Come para estar bien nutrida-o, disfrutando de la comida.

Si observas que tu malestar emocional es excesivo y te supera, busca el asesoramiento de un buen profesional, que podrá enseñarte técnicas útiles y sencillas para el manejo de la ansiedad y el malestar.

  1. Aumenta tu actividad física, disfrutándola. Es el momento de iniciar o retomar una actividad física que, además de quemar calorías, te resulte agradable. No se trata de machacarte en un gimnasio, salvo que eso sea lo que te agrada. Se trata de sentir y ejercitar tu cuerpo, al tiempo que lo disfrutas: Andar, nadar, montar en bici, bailar, jugar al pádel u otros juegos y deportes… Pero conviértelo en un hábito agradable, para que sea duradero.

No lo consideres algo secundario que harás si tienes tiempo o ganas. Dale importancia en tu vida cotidiana: Comer es importante, hidratarse es importante, dormir es importante… ¡Y la actividad física es importante! Haz ajustes en tu horario incluyéndolo en tu actividad diaria. Y sé persistente. A ello te ayudará el que te resulte agradable y gratificante.

  1. Aumenta tus placeres y disfrute cotidiano, pero no hagas del comer tu único placer. Insisto, hay que comer con alegría, pero que no sea la comida lo único que te la proporcione. Hay muchos placeres saludables en esta vida, y no tienen por qué ser caros. Disfrútalos, sobre todo ahora. Conviene que sean abundantes, variados y saludables. E incluso alguno no tan saludable, realizado de forma esporádica, también es saludable. Y si de vez en cuando te apetece y puedes, date uno de esos placeres caros que te encantan. ¡Con el dinero que dejas de gastarte en tabaco te lo puedes permitir!

Disfrutar no es un lujo, es una necesidad. Y cuando afrontamos circunstancias o momentos estresantes o adversos, es una maravillosa “medicina”.

  1. En tu vida siempre habrá estrés, aprende a manejarlo y a relajarte de forma saludable. La reacción de estrés es una reacción normal y natural de tu cuerpo. El problema es cuando se convierte en algo crónico, sin que puedas desconectar y descansar. O bien, cuando el modo de afrontar el estrés es perjudicial: fumar, beber alcohol, comer, tomar medicación sin necesidad… Es importante que aprendas a desconectar, que cambies de actividad, que incluso te alejes temporalmente de ese entorno, que descanses, que duermas lo suficiente, que reduzcas el consumo de excitantes… Algunas actividades como la relajación, el yoga, la meditación, la biodanza, por citar algunas, podrían serte de gran ayuda.

Y si tu estilo de reacción frente al estrés es inadecuado, es conveniente que aprendas a reaccionar más eficaz y saludablemente. La ayuda profesional puede ser una alternativa a considerar.

  1. Haz lo que haces. Si comes, come. Si haces otra cosa, no comas. Cuando comes mientras haces otra cosa, ni disfrutas plenamente de la comida, ni tienes plena conciencia de qué o cuánto estás comiendo.

Más allá de mantener una agradable conversación si comes en compañía, no hagas otra cosa: Come y disfruta, y nada más. El resto de cosas ya tendrán su tiempo y su lugar.

Por último, ¿quién mejor que tú para saber lo que te conviene?: Sigue aquellas otras estrategias que, de modo saludable, equilibren tu ingreso y tu gasto de calorías. ¡Y si las llevas a cabo con alegría, mucho mejor!

El mito de la fuerza de voluntad

“Hay que tener fuerza de voluntad”

En los últimos años he escuchado en multitud de ocasiones: “Eso de los métodos para dejar de fumar son tonterías. Lo que hace falta es tener fuerza de voluntad”.

También: “Yo lo dejé con fuerza de voluntad. Un día dije ¡se acabó!, y ya no he vuelto a fumar”. E incluso: “Lo he intentado, pero no tengo fuerza de voluntad”.

Asimismo, los expertos recomiendan fortalecer la fuerza de voluntad: Proponte seriamente dejar de fumar, fija una fecha, haz un listado de los motivos para dejar de fumar, registra el número de cigarrillos que fumas, reduce gradualmente su número, elógiate o prémiate por tus avances, habla de tus logros con familiares y amigos…

Por fin parece haber acuerdo unánime en algo: ¡Dejar de fumar es una cuestión de fuerza de voluntad!

Plantear la fuerza de voluntad como único o principal factor para dejar de fumar es, a mi juicio, no entender lo que sucede, o no actuar en consecuencia.

El deseo de fumar

La persona fumadora fuma porque ha desarrollado adicción a la nicotina y, sobre todo, porque ha desarrollado asociaciones entre determinadas circunstancias (situaciones externas, conductas, estados emocionales…) y fumar.

Tanto la adicción como las asociaciones tienen una base biológica, implican cambios y aprendizajes alojados en nuestro cerebro, en concreto, en zonas de nuestro cerebro a las que no tenemos acceso conscientemente, y que no podemos modificar a voluntad. Podemos decir que son programaciones cerebrales que están en nuestro cerebro automático, o mente no consciente.

Es de ahí, de esas zonas inaccesibles, y como consecuencia de las programaciones existentes en ellas, de donde surge el deseo: Bajan los niveles de nicotina o, sobre todo, te encuentras en una circunstancia que tienes asociada a fumar, tu cerebro lo detecta, y genera una señal, que llega hasta otra parte de tu cerebro, esa donde reside tu consciencia, y entonces te das cuenta de que deseas fumar, y pienses o dices “¡Tengo ganas de fumar!”.

Quizá, por motivos de salud u otros, tu ya no quieres fumar, y sin embargo lo deseas, porque el deseo no surge de la parte consciente de tu cerebro, esa que controlas, sino de esa otra parte no consciente, automática, y sobre la que no tienes control.

Resistiendo el deseo con fuerza de voluntad

Así las cosas, sin quererlo, en un momento dado, incluso “sin venir a cuento”, sientes que deseas fumar. Pero tu  no quieres fumar. Entonces es posible que con fuerza de voluntad consigas no fumar esta vez, venciendo al deseo. Con tu fuerza de voluntad te has mantenido firme, y no te has dejado arrastrar por esta ola de deseo y, con suerte, la ola ha desaparecido. Tal vez te sientas orgullosa-o de ti, y quizá comiences a pensar que esta vez sí lo vas a conseguir…

Pero esa alegría y convicción dura poco. Transcurrido un tiempo, quizá breve, vuelves a sentir ganas de fumar. Y otra vez a luchar para vencer ese deseo con tu fuerza de voluntad.

Y aunque vayas venciendo nuevas oleadas, el problema es que el deseo no parece agotarse nunca. Tal vez te da un respiro, pero siempre vuelve.

Ante esta inagotable persistencia del deseo, algunas personas tiran la toalla y abandonan la lucha. Tal vez dicen: “No tengo fuerza de voluntad”. O quizá: “Prefiero fumar a pasarlo mal”. O incluso: “La vida son cuatro días, y no me los voy a amargar”. Digan lo que digan, en el fondo, sienten que han perdido la batalla, que la fuerza del deseo es superior a la fuerza de su voluntad.

Otras personas persisten, continúan la lucha durante meses o incluso años. Se mantienen sin fumar venciendo cada oleada de deseo con su fuerza de voluntad. “¡Admirable!”, dicen algunos. Y el esfuerzo comienza a dar su fruto: Con el tiempo, en muchos casos, las oleadas de deseo son cada vez menos frecuentes, y hasta menos intensas. No obstante, es frecuente oírles decir: “Nunca volveré a fumar, pero todavía lo echo de menos de vez en cuando”.

También sucede que, muchas de las personas que persisten en la batalla con fuerza de voluntad, un mal día, quizá hartos de luchar, quizá porque se autoengañan en algún acontecimiento especial, vuelven a fumar, y a partir de ahí continúan haciéndolo. Y, entonces, también sienten que han perdido la batalla, que la fuerza del deseo al final ha sido más fuerte que su fuerza de voluntad.

La lucha interior

Sea como sea, la lucha entre el deseo y la voluntad se libra en nuestro interior. Es una lucha de la persona contra sí misma, por lo que es agotadora y, en cierto modo, siempre se sale perdiendo: Si dejo de fumar pero sigo deseándolo, lo echo en falta y lo paso mal. Si quiero dejar de fumar pero sigo fumando, me siento mal por no cumplir mi propósito.

Quiero recordar aquí la tercera ley de Newton, o principio de acción y reacción, que puede resumirse en que “a toda acción corresponde una reacción igual y en sentido contrario”.

Aunque esta ley fue enunciada en otro contexto, parece que también se cumple aquí: Cuanto más fuerza de voluntad pongo, más deseo parece surgir, y por tanto más necesidad de lucha. A más acción o fuerza de voluntad, más reacción o fuerza del deseo. Es como si la voluntad por no fumar fuera la que generara el deseo de fumar. ¡Una locura!

¿Qué camino tomar?

¿Qué hacer entonces? ¿Luchar o no luchar? ¿Fortalecer la fuerza de voluntad y librar la batalla, o darse por vencido y abandonar la lucha?

Planteado así, perece que haya que decidir entre una cosa u otra, sin más alternativas. Pero, en realidad, es un dilema falso. Hay una tercera vía. Y quizá muchas más.

Cuando una persona fumadora quiere dejar de fumar, a pesar de que eso es lo que se propone con la parte consciente de su cerebro o mente, en donde reside su fuerza de voluntad, lo que suele suceder es que siente ganas de fumar, que surgen de la programación cerebral de su cerebro automático o no consciente, de donde emana la fuerza del deseo.

En resumen, con su cerebro o mente consciente lo que quiere es dejar de fumar, pero con su cerebro o mente no consciente lo que desea es fumar. Esto es lo que sucede. Y a esto es a lo que hemos de encontrar remedio.

Una parte del remedio es, en efecto, afianzar su propósito, y fortalecer su fuerza de voluntad para hacer lo necesario y persistir hasta alcanzarlo. Y hay diversas estrategias y técnicas para ello.

Otra parte del remedio, necesaria e imprescindible, es la desprogramación cerebral, la ruptura de las asociaciones aprendidas, para que el cerebro no siga asociando determinadas circunstancias a fumar y, por tanto, deje de enviar señales de deseo cuando nos encontramos en alguna de ellas.

En relación con esto último, sabemos que no podemos manipular directamente nuestras neuronas y cambiar a voluntad nuestras asociaciones. Pero sí podemos ayudar a nuestro cerebro automático o no consciente a hacerlo. Él fue quien creó las asociaciones, y es él quien tiene que cambiarlas. Pero con ayuda de nuestro cerebro consciente. Y disponemos de estrategias y técnicas para ello.

Lo anterior es fácil de comprender si pensamos en una herida. Con nuestro cerebro pensante, con nuestra voluntad, no podemos hacer que la herida cierre, es nuestro cerebro automático el que ha de hacerlo. Pero sí podemos ayudarle en su trabajo: tomando un antibiótico para la infección, lavando la herida, administrándole un antiséptico, protegiéndola de agentes infecciosos, tomando nutrientes que contengan vitamina K y vitamina C… Con todo ello, que hacemos desde nuestra mente consciente, no cerramos la herida, pero sí ayudamos a nuestro cerebro no consciente a sanarla y cerrarla. Y ésta es una ayuda o colaboración muy importante.

El remedio tiene aún más partes. Por ejemplo, para la mayoría de personas fumadoras, fumar puede estar desempeñando una o varias funciones: ansiolítica, estimulante, relajante, evasiva, compensatoria, laxante, etc. Y, en consecuencia, habrá que poner remedio a ello, algo sobre lo que volveré más adelante.

♦♦♦

En suma, el propósito y la fuerza de voluntad (querer y persistir) sí son necesarias, e incluso imprescindibles. Pero no son suficientes. Es de suma importancia también dejar de estar programado para fumar (dejar de desear).

Cuando ambas fuerzas, voluntad y deseo, en lugar de luchar entre sí colaboran, el éxito en el logro de nuestro propósito es (casi) seguro.

¿Adicción a la nicotina o algo más?

Hay, a mi entender, tres planteamientos erróneos o incompletos en relación con el hábito de fumar, que condicionan el método o estrategia a seguir para superarlo, y limitan el éxito en sus resultados.

El primero es pensar que el problema es sólo (o principalmente) la adicción a la nicotina.

El segundo, considerar que el objetivo es únicamente dejar de fumar.

Y el tercero, creer que la fuerza de voluntad es el factor principal, o incluso único, para superar este perjudicial hábito.

Analizaré ahora el primero de ellos, dejando para posteriores artículos los otros dos.

Adicción a la nicotina

Con frecuencia se afirma que el consumo de tabaco se debe a la adicción a la nicotina: Debido a la ingestión continuada de esta sustancia, el organismo se acostumbró a ella y, ahora, cuando sus niveles de nicotina descienden, la echa en falta, experimentando entonces una especie de hambre de nicotina, que resulta desagradable.

Si la persona fumadora fuma, se restablecen los niveles de nicotina y ese hambre y malestar desaparecen.

Pero si no fuma el malestar irá en aumento, desde la inquietud hasta el nerviosismo, e incluso la ansiedad.

Si eso fuera todo, para aliviar su malestar, bastaría con que el fumador mantuviera determinados niveles de nicotina corporal, ya sea fumando o ingiriéndola por otras vías (por ejemplo, en chicles, caramelos, parches, spray, o inhalada).

Y para resolver definitivamente su problema, sería suficiente con superar la adicción biológica a la nicotina.

Pero la mayoría de personas fumadoras que han intentado dejarlo saben, por propia experiencia, que no es así.

La adicción no lo explica todo

Si eres fumador, imagina la situación siguiente: Vas por la calle y fumas un cigarrillo. A los dos minutos de haberlo fumado, te encuentras a unos amigos en la terraza de una cafetería, y te sientas con ellos. Pides un café (o una cerveza, o algo que tengas asociado a fumar). ¿Qué es lo próximo que harás?

Es casi seguro que será encenderte un cigarrillo (¡eso si no lo habías encendido ya!).

Pero si por algún motivo no pudieras fumar, ¿qué es lo que sentirás?

Es casi seguro que sentirás ganas de fumar, e incluso malestar por no poder hacerlo, y posiblemente ese café no te sepa tan bien, ni quizá disfrutes tanto de ese rato con tus amigos.

Analicemos lo sucedido: Tus niveles de nicotina estaban muy altos, pues hacía dos minutos que habías fumado un cigarrillo. Por tanto, ese segundo cigarrillo que fumas en esa terraza no se debe a que tu nivel de nicotina esté bajo.

Por otra parte, el deseo y malestar que experimentas si no puedes fumar, que ese café no te resulte tan agradable, o que no disfrutes tanto de la situación, tampoco se debe a la falta de nicotina.

¿Cuál es la causa entonces?

Simplemente sucede que tu cerebro tiene asociado tomar café (o lo que sea), y charlar con amigos, a fumar.

Y cada vez que estés en una situación que tengas asociada a fumar, tu cerebro lo detectará y te enviará una señal (que en tu conciencia vives como deseo o ganas de fumar, y que te resulta desagradable) para informarte de que en esa situación tienes que fumar.

Si fumas, tu cerebro deja de enviarte la señal, tu malestar desaparece, y vives ese alivio como algo agradable.

Pero si no fumas, tu cerebro seguirá enviándote señales, cada vez más frecuentes e intensas, por lo que tendrás una sensación de malestar cada vez mayor.

En tal caso, tu atención se focalizará en esas molestas sensaciones, por lo que al retirar parcialmente la atención otras cosas (por ejemplo, de las sensaciones del café que estás tomando) las disfrutarás menos.

Asimismo, tus pensamientos girarán en torno al tabaco y cómo fumar, y al malestar que estás experimentando, por lo que no podrás concentrarte en otras cosas, y tu vivencia de la situación será, hasta cierto punto, desagradable.

En ese estado, es casi seguro que daría igual que tomaras un chicle de nicotina. Lo que tu cuerpo tiene asociado a esa situación es fumar, y eso es lo que necesita: fumar, y no solo la nicotina que le proporciona fumar.

Multitud de asociaciones

Las circunstancias que pueden quedar asociadas a fumar son muy variadas, basta con que en una situación, la que sea, fumes en varias ocasiones para que tu cerebro la asocie, es decir, aprenda que en ella tienes que fumar.

Pueden ser circunstancias externas:  lugares, personas,, horas del día, etc.

Pueden ser conductas: hablar por teléfono, conducir, leer, etc.

Y pueden ser circunstancias internas, como son las emociones que experimentas (aburrimiento, enfado, tristeza, nerviosismo, alegría…), o los pensamientos que tienes.

Y dará igual cómo estén tus niveles de nicotina. Cada vez que estés en alguna de las circunstancias que tengas asocias a fumar, tu cerebro lo detectará, y te enviará una señal para que fumes. De todo ello, posiblemente, no serás consciente. Tan sólo sentirás que tienes ganas de fumar.

Necesidad de un acercamiento integral

Por tanto, aunque la adicción a la nicotina es un factor primordial en la génesis del hábito de fumar, es tan sólo una parte del problema para el fumador habitual.

La otra parte, que pasa a ser el principal factor en la vida cotidiana del fumador, son las asociaciones que su cerebro ha establecido y establece entre determinadas circunstancias, externas e internas, y fumar.

En consecuencia, la solución ha de ser integral, tiene que estar dirigida a ambos factores, pero sobre todo ha de considerar y resolver el problema de las asociaciones: ¿Qué hacer para romper esas asociaciones perjudiciales? ¿Cómo crear y mantener nuevas asociaciones saludables?